- El director franco-senegalés compite en Sección Oficial con una película libre sobre la familia, la vida y la muerte, a medio camino entre dos continentes
El cineasta franco-senegalés Alain Gomis ha visitado Valladolid para presentar en la 71 Seminci su film más reciente, Dao, uno de los veintidós títulos a competición por la Espiga de Oro y una de las grandes experiencias cinematográficas del año, que refleja un ciclo vital estimulante y relevante para nuestros tiempos.

Hace 25 años que Gomis debutaba en la ficción con L’Afrance, donde ya demostraba una mirada anticolonial sobre la identidad y la diáspora africanas. Ahora, con Dao, continúa abordando estas cuestiones. «En Francia, la política ante la migración se resume en pedirle a los migrantes que dejen todo atrás y se conviertan en “verdaderas personas francesas”. Esto es absurdo y es una dificultad a la que Europa se enfrenta actualmente. El continente se compone de muchos tipos diferentes de personas y cada una trae consigo su propia cultura e historia. Europa aún tiene mucho que aprender del pueblo africano y entender que no es un tema de dominación sino de aprender a vivir juntos y construir comunidad».
Una familia en el set
Dao muestra en paralelo dos celebraciones de una misma familia: una boda en Francia y un ritual de conmemoración de los ancestros en Guinea-Bisáu. La película nos lleva entre uno y otro país, siguiendo a sus personajes con una libertad e intimidad que se reflejan en el modo de grabar. «Me sorprendió mucho ver cómo las personas eran tan abiertas y estaban felices de compartir sus vidas. Todo fue gracias a la confianza que creamos entre nosotros, todos éramos iguales en el set y teníamos la posibilidad de indagar en preguntas que normalmente no se hacen la vida real», ha compartido Gomis.
Esto imbuye a la película de una mirada observadora que nunca se siente invasiva o distante. Por el contrario, el cineasta contó que este fue un proyecto que concibió, desde un primer momento, como algo colaborativo: «Estamos ante una comunidad que ha sido afectada por las imágenes que históricamente se han hecho de ellos. Así que, para mí, era fundamental que fueran parte del proceso y que tuviéramos esta especie de conciencia colectiva. Compartimos mucho tiempo antes de rodar porque era importante formar esa familia. Y al final fue casi como un documental, donde todo el mundo se sentía libre de ser quien es».

Cuestión de ritmo
Ese punto medio entre la realidad y la ficción, de un territorio al otro, implicó una forma muy concreta de aproximarse a la planificación de las escenas. «Había cosas que estaban en el guion, pero muchas otras iban surgiendo en el rodaje. Hacíamos tomas muy largas y muchas veces a los cinco minutos ya había pasado lo que estaba escrito. Ahí es donde la película se volvía interesante para mí, cuando podía observar cómo los personajes seguían relacionándose libremente», ha confesado Gomis. «Era como si estuviese viendo la película desde el plató. Fue una experiencia alucinante y maravillosa como director», añadió.
Esta libertad narrativa y formal es uno de los rasgos característicos de Dao, que hace que la historia cobre vida ante nuestros ojos. «Al acabar de rodar en Francia, algunos actores me decían que era la mejor boda a la que habían asistido. Era como si, después de dos o tres días, todo se estuviera haciendo realidad», ha señalado el realizador, destacando que el montaje fue, sobre todo, «una cuestión de ritmo». «La película se compone de detalles pequeños a partir de los cuales construimos una especie de movimiento, casi como la música. Para mí, la película es como un blues, donde lo importante es compartir un momento y sentir que somos parte de algo más grande que nosotros mismos. Eso es lo que significa para mí el cine: estar juntos, embarcarnos en un viaje y sentirnos bien», ha concluido.