- Una figura imprescindible y multifacética, Mínguez ha compartido con el público de Valladolid sus experiencias como actriz, directora, guionista, productora y novelista
El Paraninfo de la Universidad de Valladolid ha acogido un nuevo encuentro del ciclo Pensar (y escuchar) el cine. Elvira Mínguez fue la protagonista de este espacio que, bajo el título Todos los registros, acercó al público la trayectoria de una figura fundamental de la cultura vallisoletana. Mínguez, que en la 71 edición de la Seminci ha sido reconocida con la Espiga de Honor, compartió su viaje personal y profesional del teatro y el cine a la literatura. «Es un día emocionante, de muchos nervios y mucha sorpresa. Aunque hace muchos años me fui a Madrid, ésta siempre será mi casa», ha confesado.

Inicios efervescentes
Mínguez estudió interpretación en la Escuela de Arte Dramático de Valladolid antes de marchar a interpretar roles en obras como Romeo y Julieta (1989), La cacatúa verde (1990) o Carro de heno (1991). De ahí dio el salto al cine, estrenándose en 1994 con una nominación al Goya a Mejor actriz revelación por Días contados, de Imanol Uribe. «Fue como salir a la selva directamente. Entré a un programa llamado ‘caras nuevas’ y empecé a ir a castings. Me mandaron al de Días contados, donde me presenté para un papel, pero acabé haciendo otro».
A partir de ese momento la carrera interpretativa de Mínguez catapultó, llegando a recibir un Goya por Tapas (2005) y trabajando con autores reconocidos, tanto nacionales como internacionales: Enrique Urbizu, Javier Calvo y Javier Ambrossi, Asghar Farhadi, Steven Soderbergh, entre otros. Fue un momento efervescente en el que arrancar, rodeada de una nueva ola de directores que querían renovar el cine español. «No tiene nada que ver con cómo se hace ahora el cine. El HD no había llegado, todo se hacía en negativo. Y eso cambiaba la manera de trabajar: se ensayaba mucho porque el material era muy caro. Solo cuando todo estaba ensayado, tanto la interpretación como lo técnico, ahí ya se empezaba a rodar. Ha habido un cambio abismal en estas dinámicas. Suena un poco viejuno, pero yo creo que antes se hacía mucho mejor», ha compartido.
Mirar atrás
Durante más de tres décadas Mínguez ha intercambiado registros, desempeñándose como guionista, directora, productora y, más recientemente, publicando dos novelas: La sombra de la tierra (2023) y La educación del monstruo (2026). «Si me hubiesen dicho que con casi sesenta años se seguirían abriendo puertas no me lo habría creído, pero es verdad. Aplico lo que he aprendido en el cine a mi escritura, es lo que me ha dado una disciplina. Todos los recuerdos que tengo de mí misma están asociados a los libros y me di cuenta que era extremadamente feliz escribiendo».

Sus novelas abordan uno de los grandes temas de la literatura española contemporánea: la memoria histórica y personal. «Es uno de los temas más importantes para mí. Otro es el tiempo y otro es el miedo. La revisión del pasado es fundamental. Para saber quiénes somos tenemos que mirar atrás. Por eso me parece tan bonita la fase de documentación. Escuchar a la gente que vivió esos tiempos y crear una especie de ‘recuerdos inventados’, como ha dicho la editorial», ha compartido la artista sobre su proceso creativo al escribir. Y ha añadido: «Todos los personajes que escribo tienen algo de mí. Todas las historias son mías, aunque no lo hayan sido directamente. Creo que, en el fondo, lo que haces siempre es narrar nuestra propia historia».
Mínguez ha seguido profundizando en estas ideas, defendiendo la necesidad de contar otras historias olvidadas por el relato oficial. Es una mirada presente en sus dos novelas, pero también en su faceta interpretativa, donde ha podido encarnar a personajes históricos diversos. De ellos destaca el papel de Clara Campoamor en la película para televisión La mujer olvidada (2011): «Me di cuenta que mucha gente no la conocía, más allá de saber que fue quien consiguió el voto femenino. Me pareció algo tan apabullante. Campoamor es un personaje fundamental y una de las grandes olvidadas. Era una mujer adelantada a su tiempo, humanista, incluso feminista. Pero no pensaba el feminismo como filosofía sino como experiencia. Creo que podemos aprender mucho de ella hoy». Y ha concluido: «Que apenas en el año 2021 empezáramos a valorar los referentes femeninos parece una broma. Parece que damos tres pasos para adelante y cuatro para atrás. Así nos mantienen donde estamos».