- Los campos de concentración del franquismo, un adolescente filmado de los ocho a los dieciocho años y un grupo de amigos que lee a Anna Maria Ortese en Berlín: una jornada entre la memoria, el tiempo y la escucha
El martes trajo a Valladolid a cineastas de medio mundo con películas que miran el pasado de frente. Helena Girón y Samuel Delgado, con Lou Castel y Luisa Ahl Laabiad, presentaron Las islas afortunadas en la Sección Oficial. En Punto de Encuentro pasaron la ruandesa Marie-Clémentine Dusabejambo y la japonesa Yukiko Sode; en Tiempo de Historia, Eloy Enciso, con la protagonista Elsa Pereira, el francés Maxence Voiseaux y el español Pablo Maqueda; y en Alquimias, el estadounidense Ted Fendt y el iraní Karim Lakzadeh. El ciclo dedicado al sonido reunió, además, a cinco de los grandes sonidistas europeos y a la artista Aura Satz.
Sección Oficial: un marqués, un pozo y una isla en el siglo XV
Helena Girón y Samuel Delgado presentaron en competición el estreno español de Las islas afortunadas, que cuenta la historia de Fátima, una mujer al servicio de un decadente marqués que controla la única fuente de agua potable de La Graciosa, en la Canarias de la repoblación colonial. Tras años de cine experimental y documental, los cineastas vuelven a la ficción después de un largo proceso de documentación, desde actas notariales hasta el libro Le Canarien. «Hemos querido crear nuevos referentes que contradigan los relatos coloniales», explicó Delgado. Girón añadió que querían acercarse al tono de las películas de aventuras para llevar las historias «hacia otros lugares y otros protagonistas que no son habituales».
Ambos hablaron también de lo que la película dice del presente: «Hay un poco de retrofuturismo, ya que está ambientada en el pasado, pero con unos pocos cambios podría ser una distopía por el dominio de los recursos», señaló Delgado, y recordó la ruta atlántica de las migraciones: «La imagen de una mujer embarazada en medio del mar nos remite directamente a las situaciones que se viven hoy en día». El título, añadió Girón, remite a la ironía con la que se vendieron las islas a los colonos, «del mismo modo que ocurre hoy con los turistas».

José Alayón, productor y director de fotografía, explicó que ya habían perdido el miedo a representar el pasado: «El exterior es el mismo en cualquier momento de la Historia, pero los interiores cambian por completo». La productora Marina Alberti contó que el casting con Cendrine Lapuyade duró un año, y Luisa Ahl Laabiad reveló lo que la convenció: «Cuando comprendí que la historia trataba de mis propios orígenes no dudé en aceptar el papel». Sobre el sonido, la película busca «dar la sensación de un paisaje que se está secando poco a poco», dijo Girón, y Delgado añadió que todo el equipo de sonido era griego y no entendía el español, lo que le permitía centrarse en la musicalidad de las voces, sobre todo la del actor Lou Castel, leyenda del cine de autor europeo.
Punto de Encuentro: sanar en Ruanda y sentir con la luz del 16 mm
Marie-Clémentine Dusabejambo, Cámara de Oro a la mejor ópera prima en Cannes, presentó Ben’ Imana, que sitúa su historia en la Ruanda de 2012 para explorar las consecuencias del genocidio contra los tutsis a través de tres generaciones de mujeres: una abuela anclada en la espera del regreso de su esposo, Vénéranda, una madre combativa que se niega a dejar atrás la memoria, y su hija Tina, líder de una rebelión estudiantil que mantiene con ella una relación conflictiva. La película aborda así la reconciliación, el perdón y el papel de las mujeres en los procesos de justicia y reparación.

A la directora la película le costó «trece años de escritura y búsqueda». Desde el principio tenía claro el propósito: «Recrear cómo la comunidad vivía este largo proceso de sanación». Por eso fue clave el equipo: «El 80 % del equipo es de Ruanda, por eso el proceso de esta película es tan íntimo. Es parte de la transmisión de las emociones y de la cultura de nuestro país». Dusabejambo, que suele trabajar con actores no profesionales, necesita construir antes con ellos una complicidad: «Necesito que hagan suyo el guion y el proyecto. Hay que establecer una relación previa al rodaje, pero también durante el rodaje».
El perdón es el eje de la película, y lo defendió sin rodeos: «El enfoque de la película desde el principio es la sanación grupal. Hay que perdonar los hechos y hay que perdonar a la gente, si no perdonamos, no avanzamos». Aunque no se ha estrenado todavía en Ruanda, los miembros ruandeses del equipo ya la han visto, con reacciones intensas: «Son muy emocionales porque, en el fondo, todos la asocian a sus propias historias personales y se ven reflejados en la película». Y apostó por la fuerza de los rostros: «Era importante que las emociones se vieran expresadas en las caras, que a veces dicen mucho más que las palabras».

La japonesa Yukiko Sode presentó el estreno español de Los amantes de la noche, su cuarto largometraje, adaptación de la novela de Mieko Kawakami. Fuyuko, una correctora freelance sumida en su rutina y su soledad, encuentra de pronto la posibilidad del amor al conocer a Mitsutsuka, un profesor de física reservado con el que empieza a compartir encuentros ocasionales. Sode quiso distanciarse del libro y buscó un lenguaje más visual: «Quería lograr expresar los sentimientos de la protagonista no a través de las palabras, sino de la luz». Por eso eligió el formato analógico, el 16 mm, con el que la luz se capta de una manera especial.
Tiempo de Historia: las cartas de los represaliados y un adolescente en el tiempo
Eloy Enciso presentó en el Teatro Zorrilla Todo es cárcel, Gran Premio de la competición internacional de FIDMarseille, junto a la protagonista, Elsa Pereira, y buena parte del equipo. La película parte de una pregunta: «¿Por qué no se había rodado todavía una película como esta en España?». A través de Elsa y de su historia familiar se articula una investigación sobre la represión franquista: recorre algunos de los más de 200 campos de concentración del franquismo y los pone en diálogo con las cartas de los presos, que se leen en off y recuperan sus convicciones, inquietudes e historias de amor.

En el coloquio, Enciso contó que el proceso le descubrió ausencias: «Durante el proceso de creación me di cuenta de que faltaba algo: había pocas mujeres en una primera capa de datos generales. Al llegar a la segunda capa, empezamos a fijarnos en los datos más concretos, en las mujeres, y es que no existían prácticamente pruebas de que habían sido muchas las represaliadas también por la dictadura». Las cartas son, por eso, el vehículo para hacerlas visibles: «Los textos son, en su mayor parte, recreaciones construidas a partir de un trabajo exhaustivo de investigación. No son una transcripción literal». Y hay una tercera capa, la antropológica, sobre las heridas familiares: el régimen «trató de silenciar esos dramas cotidianos, cuyas huellas permanecen en objetos y álbumes fotográficos».
Pereira habló de los objetos que su personaje ordena, fotografía y llega a quemar: «Mi personaje ordena los dos bandos familiares al seleccionar y elegir los objetos para fotografiarlos. Es lo que provocan las guerras incluso en las familias: que hay dos bandos. Esas pequeñas cosas familiares son importantes, pero también lo son el cuerpo y la memoria, que en realidad son archivos también». Enciso añadió que esos objetos son «una especie de juego que retrata también el interior de las familias, los bandos en las familias y cómo se disputan a lo largo del tiempo y de las herencias esos objetos, que simbólicamente pertenecen a uno u otro bando, a los ganadores o a los perdedores».

El francés Maxence Voiseaux presentó su primer largometraje, Gabin, un documental con ecos de Richard Linklater que sigue a su joven protagonista desde los ocho hasta los dieciocho años, entre el autodescubrimiento y los altibajos con sus padres. Para filmar el tiempo, siguió dos criterios: «Pasar todo el tiempo posible con él, incluso sin rodar o grabar nada, para conocerlo y así poder contar su historia. Y segundo, hacer notar el transcurso del tiempo a través de la elipsis, incluyendo momentos, tanto grandes como pequeños, en los que cambia Gabin y su relación con el mundo». La película se instala en una familia rural del norte de Francia, un territorio «devastado por la globalización y las políticas neoliberales, pero también donde se ve reflejada toda una historia de la humanidad». Y Voiseaux cree en lo local: «Cuanto más locales, más universales somos». Gabin, dijo, quiere a su lugar y a sus raíces, pero también quiere probar otras cosas: «Es un relato de emancipación que se aleja de las grandes narraciones para llevarnos por un camino mucho más sutil».
Fuera de concurso, Pablo Maqueda, director y guionista, presentó Caro Nanni, una película que, según contó, lo encontró a él y no al revés. Todo empezó con una pregunta de Werner Herzog, con quien había rodado un documental: «¿Te quedarías a vivir dentro del cine…?». Maqueda se preguntó entonces en qué película viviría y la respuesta fue Caro diario, de Nanni Moretti, «una película que a mí me salva la vida si tengo un mal día, en plena crisis de los 40». Aquella intuición se convirtió en un viaje personal y en una declaración de principios: «La película es un homenaje al fracaso, al que está perdido y no pasa nada, al caos». El camino lo transformó: «No soy la misma persona que empezó a rodar, he aprendido muchas cosas y he perdido muchos miedos».

El viaje trajo sorpresas, y la más fascinante fue el encuentro con Margherita Buy, actriz fetiche de Moretti y parte importante de la historia del cine italiano. Del encuentro con el propio Moretti, recordó los nervios: «Estaba nervioso, aprendí italiano y sentí el peso de la historia del cine estando a su lado». Como referente confesó el cine de Agnès Varda, con esos documentales «llenos de vida, lúdicos, libres, divertidos», y como ella, no quiso hacer el viaje solo, e invitó al equipo, a su pareja y a sí mismo a preguntarse por qué querían salir en la película. Su ambición no es la de pesar en la historia: «Quiero llevar al espectador a una emoción, hasta una experiencia que le sorprenda». Y lo hace con libertad, la que, dice, le han dado las productoras para llevar adelante una idea del cine cercana a Herzog, Moretti y Varda: «Sí, me siento libre haciendo cine».
Alquimias: amigos en Berlín, humor negro en Irán
Ted Fendt, uno de los nombres reconocidos del cine indie, aterrizó en Valladolid para estrenar Foreign Travel. El cineasta estadounidense, afincado en Europa, vuelve a sus intereses de siempre: la relación entre cine y literatura, las conversaciones entre personajes dispares, el humor incómodo y la imagen en 16 mm. En la película, un grupo de amigos se encuentra a lo largo de un año en plazas y cafés berlineses para debatir sobre la obra de la escritora italiana Anna Maria Ortese, y esas lecturas acaban haciéndose eco de sus propias vidas, en una obra tan poética como cotidiana.

Para Fendt, lo más interesante del cine está en un cruce: «Lo más interesante del cine, para mí, es la dialéctica entre ficción y documental. La pantalla muestra personas, objetos reales en un momento específico de la historia. Pero el público ve personajes, figuras de ficción. Hay películas que intentan evitar uno de los dos lenguajes, pero a mí me gustan las que van y vienen entre uno y otro». Para los diálogos usó muchas de sus conversaciones con amigos y de sus experiencias viviendo en Berlín, y en el reparto incluyó a Sigrid Vagt, la traductora de Ortese al alemán. Sobre la autora italiana confesó: «No quería copiar el estilo de Ortese, pero es algo que me interesa mucho. Sus pensamientos sobre la literatura y el realismo en la época que vivió en Italia, donde era una de las pocas mujeres diciendo estas cosas y criticando a la industria». Y concluyó, con alivio: «Creo que Sigrid recibió todo esto y obtuve una respuesta positiva de su parte».
El iraní Karim Lakzadeh presentó su segundo largometraje, rodado de forma clandestina durante un año. Tres operarios sobreviven a un derrumbe en una mina y deciden ocultarlo para que sus familias puedan reclamar una compensación económica. Con esa premisa construye una aventura que mezcla thriller, comedia y surrealismo para retratar una sociedad atravesada por la precariedad y la burocracia. La idea le vino de una noticia: «Los accidentes y derrumbes en las minas son una constante triste». El humor negro fue su herramienta: «Cuando uno vive dentro de la tristeza y de las dificultades no queda otro remedio, el humor es necesario para sobrevivir».

El rodaje fue una aventura en sí mismo: «El equipo trabajó de manera clandestina durante aproximadamente un año, con largas jornadas bajo tierra. No se enteró prácticamente nadie. Estuvimos ocultos, salíamos, grabábamos, nos ocultábamos». Y reconoció la incertidumbre del regreso: «Cuando volvamos a Irán, no sabemos qué es lo que va a pasar». En un coloquio que pasada la medianoche seguía con buena afluencia, una de las actrices resumió el espíritu del equipo: «Compartimos todo, dormimos juntos, cenamos juntos, compartimos la tristeza y la risa». Y uno de los protagonistas subrayó lo que une: «Pese a las diferencias culturales y a la difícil situación política que vive Irán desde hace décadas, las emociones compartidas permiten reconocerse en los demás. La gente ríe, llora, baila y disfruta, y en realidad eso también lo hacemos nosotros».
El arte de la escucha: los grandes sonidistas europeos
El ciclo Pensar (y escuchar) el cine reunió en el Salón de Espejos del Teatro Calderón, en la primera reunión en Valladolid del Sound Designers Chapter de la Academia del Cine Europeo, a Axel Arft (El cielo sobre Berlín), Silvia Moraes (La vida es bella, Fue la mano de Dios), Daniela Bassani (Gomorra), Krzysztof Stasiak (In the Name Of…) y Tarn Willers, Oscar por La zona de interés. Willers describió su trabajo en el rodaje: «Estamos ahí para grabar el sonido, pero también para quitarlo». Moraes, que trabajó en The Echo Chamber, recordó que la película se rodó entera en un apartamento de Roma y que había que crear la sensación de un barrio lujoso de Londres: «El cine es imagen y sonido, pero el sonido continúa trabajando siempre a favor de la imagen».

La conversación pasó de los susurros, cada vez más presentes en el cine, a la sala frente a la casa. Arft contó que una vez, rodando con Gene Hackman, no entendía nada de lo que decía y le pidió que hablara más fuerte: «Me dijo: ‘Soy un actor, no tengo permiso para hablar’». Bassani defendió la sala de cine, aunque en casa «se puede hacer el esfuerzo también». Willers evocó el 35 mm: «Cuando le das al botón de grabar el dinero empieza a sumar. Resta esa tensión propia de la artesanía que antes estaba muy presente». Sobre la inteligencia artificial, las posturas fueron distintas. Stasiak: «Estoy abierto a ello y no le tengo miedo». Arft, entre risas: «Soy demasiado viejo para esta conversación». Willers puso el límite en la interpretación: «La IA puede hacer muchas cosas pero algo que no puede hacer es actuar». Y Bassani cerró con una pregunta abierta: «¿Qué es más importante: el acento o la interpretación?».

La retrospectiva Una historia del sonido (en el cine) siguió con dos proyecciones. Willers presentó La zona de interés, de Jonathan Glazer, que retrata los horrores del Holocausto sin mostrarlos y deja la narración en manos del sonido: «Fue enteramente su visión en la creación de cada elemento. Él es el artista total». Y la artista y cineasta Aura Satz presentó Preemptive Listening, una obra colaborativa que parte de la sirena como objeto para reflexionar sobre un mundo en crisis. La empezó en 2016 y, dijo, mantiene una actualidad política: «Ojalá no fuera así, pero con la pandemia y el genocidio de Palestina seguimos en un estado de emergencia». Aun así, conserva la esperanza: «Lo que me gusta de la sirena es su carácter de advertencia. Nos señala que algo está mal y que hay que cambiar, pero también es una flecha que nos guía hacia una salida».